La difusa realidad, el tiempo y los sueños

Hasta hace un tiempo tenía la creencia de que en la creación del ser humano  había un error muy grande. Lo sé, ustedes dirán que hay muchos y estamos de acuerdo. Pero hay uno en particular que me parecía horrible.  Es que no encontraba sentido a tener que dormir para recuperarnos del desgaste físico y mental diario. ¿Cómo puede ser que tengamos que destinar horas de nuestra vida, una tercera parte casi, a dormir? Es que si vivimos en promedio unos ochenta años pasamos dormidos veintiséis años de nuestra vida, veintiséis años inactivos, nos roban un tiempo importantísimo que podríamos usar en cualquier otra cosa. Filosóficamente en aquel entonces  dormir era  una pérdida de tiempo brutal para mí.

Pero no hace poco descubrí que uno mientras duerme sigue viviendo, sueña. Crea realidades alternas, mundos e historias.  Porque la realidad señores no es más que la experiencia que nos deja los hechos que vivimos. Y por más que sea  en un sueño, es real, lo sentimos, lo vivimos y si hacemos esfuerzo lo recordamos. Soñar nos hace tener que lidiar con situaciones que por lo general nunca enfrentaremos en nuestra vida lúcida, es un plus que nos permite procesar aprendizajes y vivir historias increíbles, ya sea en un sueño húmedo donde nos acostamos con Angelina Jolie o la peor pesadilla que nos haya  tocado vivir. Y si, la palabra es “vivir” porque los sueño se viven. Sin ir muy lejos yo salvé dos veces a la tierra de una invasión extraterrestre, era el líder de la resistencia y mande a los putos marcianos a su planeta de vuelta con la cola entre las patas. También resistí el ataque de una bruja que quería controlar mi mente en una laberíntica y oscura cueva, y otra noche pude viajar en el tiempo  y conocer a personas que me acompañaron en vidas pasadas.  Todo esto se lo debo a los sueños que son los que vienen a salvarnos de esta vida tan aburrida y monótona de ir a trabajar, llegar y cocinar, acostarse a dormir, levantarse y casi siempre la misma bosta.

Digamos que si uno tiene suerte y es medianamente inteligente puede traer o trasladar enseñanzas de los sueños a la vida real y a veces resultan de lo más reveladoras. Y acá es donde me voy a pelear con la palabra “real” ¿acaso el sueño no es real? ¿Acaso uno no vive su sueño? Mis sueños y los suyos son tan reales como el arroz que compré en el almacén esta mañana. Porque yo interactúe con esos extraterrestres, generaron conexiones neuronales en mi cabeza, me dejaron recuerdos y aportaron a este hombre medio trastornado que soy hoy.  Yo vivo mis sueños.

Y claro que me puede decir entonces que los locos también viven sus alucinaciones y no por eso son reales. Permítanme decirles que para quienes las viven son muy reales. No importa si las visiones o los sueños no alteran al mundo, o mejor dicho no alteran al mundo restante. Porque el mundo de uno se altera, cambia, por más mínimo que sea este cambio, cambia. Y si uno cambia también lo hace la forma en la cual nos  relacionamos con el resto, y si eso cambia obviamente cambiará las interconexiones de todos los nodos del sistema. Algo así como el efecto mariposa. Tal vez en algunos casos deberíamos permitirnos desasociarnos más para aprender de aquello que sabemos no fue “real”. Y ojo, yo sé que no salve la tierra de los marcianos, pero me chupa un huevo, tengo una historia para contar.

Hay libros enteros sobre si la realidad existe, sobre que es la verdad, sobre las interpretaciones. La filosofía tiene bibliotecas completas sobre estos temas. Yo creo que la realidad es subjetiva, es mera interpretación y uno interpreta según las herramientas que tiene, y estas son: el lenguaje, la educación, el propio contexto social de uno e infinidad de variables.

Dicho esto, hace poco tuve un sueño, o lo que es lo mismo hace poco viví una  gran aventura.

No tengo muy en claro cómo comenzó, porque como todos sabemos los sueños nos posicionan en un lugar y momento sin que haya algo que nos lleve hasta allí. Las experiencias oníricas empiezan, sin preámbulos, sin vueltas. ¿Cuantas cosas en nuestra vida habrán empezado igual y contribuyeron a lo que ahora somos? ¿Cuántas cosas habrán terminado igual que terminan los sueños? sin despedidas, sin abrazos

Era una pradera enorme, como las uruguayas, levemente ondulada y con pastos cortos, varios alambrados y porteras. Parecía estar en el medio de la nada, y tal vez lo estaba porque nunca supe cual era el lugar geográfico. Lo que sí sabía, y no me pregunten cómo, es que no estaba en este plano, dimensión, espacio o vaya uno a saber qué. Era un lugar por fuera de las leyes de la realidad. El tiempo no corría de la forma a la que estamos acostumbrados sino que obedecía directamente a la sensación de placer que uno sentía. Era una ecuación simple, a mayor placer mayor era el tiempo consumido. Una peligrosa formula que podía hacer que un enorme acontecimiento placentero te arrebatara media vida en unos pocos minutos. Y al volver a nuestra triste y cruel realidad que dosifica las emociones, podrías ser un anciano que había vivido muy pocas experiencias pero todas de una mayúscula intensidad y satisfacción, había que elegir entre una vida larga y monótona o una más corta pero sublime.

Yo estaba ahí, había ómnibus viejos, oxidados y mal pintados que traía gente de distintos lados. Tal vez eran otros dormidos que habían encontrado por casualidad en los pasillos del ministerio de Morfeo el portal a este lugar, y estaban dispuestos a vivir una experiencia metafísica como yo.

Al igual que en un parque de diversiones uno iba entrando en las distintas atracciones, las cuales no eran otras que grandes experiencias y aventuras, de las más diversas, algunas dignas del realismo mágico, otras heroicas en donde uno podía ser el héroe de la película, y otras simplemente aportaban grandes regocijos intelectuales.

No importa en este texto los por menores de cada historia, de cada experiencia. Lo que sí importa es que en cierto momento tuve que tomar la decisión de invertir años de vida por alguna aventura más, sabiendo que a la vuelta podía ser un anciano al borde de despedirse de este mundo que conocemos.

No hay gran final en este relato, Morfeo me cacheteo y me volvió a la vida lúcida antes de tomar la decisión de seguir o no.

Pero hoy, sujetado en este mundo que todos conocemos, atado al maleficio de almanaques y agendas puedo tomarme un momento para pensar sobre el Tiempo, la vida, la realidad y la alegría. Y descubrir que es verdad, que la vida se nos va, y que parece ser un camino mucho más largo y duradero el de la monotonía y que las aventuras mientras más intensas son se devoran con mayor velocidad el tiempo. Y sí, una vida arriesgada puede dejar la sensación de brevedad, pero  la quietud es una larga eternidad de aburrimientos, y al igual que en mi sueño  hay que elegir entre una vida tranquila y larga o tal vez más corta e inefable. Me debo permitir pensar que es lo que me gustaría vivir para poder recordar en el momento del último parpadeo. Permítanme que se los diga, todos moriremos. Pero no todos sabrán vivir.

De genios y deseos

 

La vida nos sorprende a diario con situaciones inesperadas, de esas que nos cachetean o nos abrazan; atravesamos el camino sin saber qué sucederá, donde llegaremos, a quien nos cruzaremos o como estará el clima. La incertidumbre, casualidad y la entropía domina y controla todos los fenómenos existentes. Es imposible saber si al caminar un día de lluvia pisaremos una baldosa floja que nos mojara por completo el pantalón, si el ómnibus nos empapara al pasar bestialmente sobre un charco, si te encontraras con un amigo que te llevará en auto hasta la puerta de tu casa  o si en el super conocerás a la mujer con la cual terminarás conviviendo y viajando a Hong Kong; Es imposible prever todas estas cosa.

Es por esto que a lo largo de mi vida me he preparado para saber qué hacer ante algunas situaciones inesperadas, de todo tipo de situaciones, a tal punto que ya he gastado diez millones de dólares infinidad de veces en mi cabeza. Sé exactamente qué hacer  si esa cifra algún día me llega.

Lo divertido del ejercicio de planificar cómo actuar ante las más diversas situaciones es que te lleva a pensar incluso en aquellas más absurdas, generando y alimentando la creatividad casi que a diario.

Uno de los tantos escenarios posibles que he pensado en mi vida es la aparición de un Genio. Sí, de un Genio como el azul de Aladdin. Claro que no espero ir caminando por Garibaldi y encontrarme una lámpara mágica. Pero nadie puede venir a asegurar que los genios no existen, no hay forma de negar su existencia. Como casi todo en la vida, uno puede afirmar, confirmar y probar que hay o que existe tal cosa, y esto ya es discutible de por sí, Pero nunca se puede asegurar la no existencia. No se puede afirmar que no existan las sirenas, los extraterrestres, el Kraken u otras cosas similares. Las pruebas nunca son contundentes y definitivas, siempre están bajo la amenaza de que aparezca algo que demuestre lo contrario. Pueden venir a decirme que es absurdo creer en algunas cosas, se las llevo, pero no hay nada más absurdo que la vida misma, así que si aceptamos una absurdidad aceptemos todas, o al menos aceptemos la posibilidad de la existencia de los absurdos. Seamos claros, hay gente que cree en Dios el cual tiene el mismo nivel de absurdidad que las sirenas.

Por eso he decidido prepararme por si acaso los genios existen y quieren concederme sus tres deseos.

El secreto de la correcta selección de los deseos está como todos saben en el detalle y contexto. Uno tiene que manejar todas las opciones de lo que puede llegar a salir mal, mientras más detalles más posibilidad de éxito habrá. Esto incluye especificar al máximo lo que queremos, y pensarlo a tal punto que los pormenores del pedido no me perjudique en nada pero tampoco a los demás, a no ser que así lo quiera. Por otra parte debemos pensar en ocultar o justificar nuestro nuevo poder o adquisición, ya que de lo contrario podría generar muchos problemas llamado la atención del mundo en general. Imagínense tener el poder de teletransportarse y que todo el mundo lo sepa. Seguro terminas secuestrado por la CIA o la NASA  para someterte a distintas pruebas científicas, y eso no sería bueno para nadie que tenga algún poder o don especial.  Todo se resume en detalle y contexto, al máximo.

A lo largo de mi vida he pensado en cuatro posibles pedidos para hacerle a un Genio. Después deberé enfrentarme a la decisión de dejar uno de ellos fuera, porque todos sabemos que los genios por un tema de contrato legal solo pueden conceder tres deseos. Pero ya tendré tiempo suficiente para tomar esa decisión y descartar uno de ellos.

Ustedes podrán notar a lo largo de estas notas que algunos de los pedidos están muy bien pensados, aunque en algunos casos tal vez me deje llevar por la emoción.

A continuación detallaré cada deseo, pero también el contexto de vida en el que yo me encontraba al momento de pensarlo,  por que lo quería y que hubiera hecho en aquel entonces y que haría hoy.

La varita que detiene el tiempo

En el 2007  yo tenía unos jóvenes diecisiete años, a esa altura  mi vida me encontraba cursando quinto año de liceo. Hasta ese entonces había un patrón en mi que se repetía año a año, siempre me llevaba matemáticas a examen, solo una vez mi suerte fue distinta. En segundo de liceo, ya sobre el final del año, la docente estaba en dudas de mandar o no a examen a  algunos alumnos, por supuesto que yo estaba entre ellos. Así que puso una prueba para los “dudosos”, la consigna era clara, si me sacaba más de seis zafaba. Obviamente yo no sabía una mierda, no había estudiado ni diez minutos. Faltaba casi nada para la entrega y mi escrito estaba en blanco, completamente en blanco. Por suerte Martín, un compañero y amigo en esos años, me paso un trencito que tenía todos los problemas resueltos. Y lo copie, pero no me dio el tiempo para copiar todos, así que hubo uno o dos problemas que quedaron sin resolver, pero de todas formas  alcance el seis, y ese fue el único verano liceal que no me vi envuelto entre números, signos negativos y positivos.

Pero en  julio del  2007  los números, las ecuaciones y los vectores volvían a golpearme. Matemáticas de quinto tenía práctico y teórico, y juro que yo sufría durante esas horas, el tedio era insoportable y no había garabato o texto improvisado en mi cuaderno que me salvara. Sufría  mucho, y la yegua de la docente no me echaba de clase por más que me esforzara, solo me ignoraba y seguía con su monólogo de números embolantes. Creo que ese año solo resolví una ecuación y fue durante un practico, la profe nos hizo hacer grupos de a dos y a mí me toco con Daniela, una compañera con la cual me llevaba muy bien. La docente dijo que aquellos que resolvieran la ecuación del pizarrón podían irse, y quedaban aún como veinticinco minutos de clase. Yo a esa altura no tenía ni cuadernola, seguramente la había dejado olvidada en algún rincón del patio luego de hacer pelotitas de papel con las cuales hacía malabares. Así que agarre el  cuaderno de Daniela y le dije:

– A ver, déjame mirar.

 Y les juro, que como un rayo, en tres minutos la ecuación estaba resuelta. Mi compañera me miró y me dijo:

– Sos un hijo de puta, tenes la materia con uno, nunca haces nada, pero te dicen que si resolvemos la ecuación salís veinte minutos  antes y ahí sí, la resolves antes que nadie.

Increíblemente la ecuación estaba bien hecha y me fui de clase varios minutos antes. Es evidente que a la educación lo que le falta es dar con la motivación de sus alumnos.

Esa tarde de todas formas tenía que ir a clases particular de matemáticas, clase que mis padres estaban pagando para que yo diera el examen  de cuarto. Examen que ya había perdido como tres veces y que cuando mis padres me habían dado la plata el año anterior para que vaya a otro profesor yo me la había gastado sistemáticamente en jugar al playstation durante la hora de clase. Así que esta vez tenía que ir sí o sí, porque no soy tan hijo de puta.

Por tanto a las diecinueve horas mientras iba en el bondi a la casa del nerd que me preparaba para el examen, yo sufría un ataque de sueño incontenible y en lo único que pensaba era en tener una varita mágica que me permitiera detener el tiempo. Básicamente lo que quería era  dilatar la tortura de sesenta minutos que se venía, pero sobre todo  dormir, porque Morfeo me abofeteaba fuerte.

Así fue que se me ocurrió mi primer artefacto mágico “La varita que detiene el tiempo”. Detener el tiempo implica que todo, absolutamente todo se detenga. Que el tiempo no avance, por tanto las cosas no se mueven, la lluvia no cae, la gente queda congelada. Es poner pausa al universo que siempre está en movimiento. Por supuesto que la gracia es que uno mismo quede por fuera de esa lógica, y seguir como si nada mientras el tiempo este  congelado. Imagínense todo lo que uno puede hacer, todos los alfajores y postres que te podes comer robándolos del super. No hay nada que no puedas tener en este mundo. Llegas a todos lados, podes hacerles cualquier cosa a los idiotas que no te caen bien, de un segundo para otro se ven en bóxer en el medio del patio del liceo, con los labios pintados y con cualquier mierda en la cabeza; No hay deporte en el que no ganes, siempre sos el más rápido. Este poder te equipara a un Dios poderoso.

 Pero uno crece y la diversión se corta, ya nada es tan divertido como lo era a los diecisiete años. Creo que hoy a la barita  la usaría principalmente para robar un banco, así sin mucha vuelta.

Invisibilidad a voluntad

Estoy seguro de que todos o al menos casi todos los adolescentes pensaron alguna vez en las bondades que nos daría la invisibilidad. Este don es de alguna forma primo hermano de toda fantasía de anonimato. Es  el padre protector de toda vergüenza y el cómplice perfecto de toda maldad que uno puede querer hacer.

Siendo joven y al estar atravesando la pubertad es casi seguro que lo que más queres es ver a compañeras desnudas, y no nos hagamos los recatados. Con trece o catorce años todos  los varones son por esencia pajeros, y yo tenía esa edad cuando se me ocurrió la idea de la invisibilidad. Es posible que siendo niño también  haya pensado en tener este poder para algún otra cosa, pero seguro que la fuerza que tiene las ganas de ver una teta en la adolescencia es mayor a cualquier cosa que un niño pueda pensar.

Debo confesar que también se me ocurría  otras ventajas ante la posibilidad de la invisibilidad, por ejemplo robar alfajores del super. No se imaginan lo incómodo que es que un guardia de seguridad te tome de la espalda y te escolte hasta la puerta del supermercado porque logró ver por las cámaras que vos te llevas alfajores y golosinas en los bolsillos de la campera. Lo único que se te viene a la mente es que no llamen a tus padres, por favor que no los llamen, porque si lo hacen no solo sufrís el momento de mierda en el que sos descubierto por el guardia de seguridad. Sino que además después tenes que bancar el clima tenso en tu casa y la charla con olor a moralina explicándote que robar está mal.  Puedo asegurar que no se pasa para nada bien, a tal punto que esto ha sido un secreto que nunca ha salido a luz hasta el día de hoy.

Pero siguiendo la línea, nada a esa edad le gana a la idea de ver mujeres desnudas. Entienda el lector que a mis catorce años aún no existía internet, ver tetas no era tan fácil como lo es hoy.

Gracias a Dios seguro que no fue, pero uno crece y  la posibilidad de ver mujeres desnudas y coger se presentan muchas  más veces de lo que uno pensaba que podía suceder.

De todas formas comentaré algunas otras cosas que se me ocurrían hacer en aquel entonces si lograba ser invisible a voluntad: Cambiar la nota de las libretas de los docentes,  hacer tropezar a los idiotas, entrar a lugares en donde los menores no pueden entrar, robar todo tipo de cosas y hacer cualquier maldad que se me ocurriera a los malos (entiéndase “malos” como todos aquellos que no me caían bien y tenían  un actuar muy distante de mis líneas éticas)

Sí, con trece años las problemáticas y prioridades de vida son bastante estúpidas, pero si se someten a un examen minucioso y profundo en cualquier edad y momento de la vida la mayoría de los problemas son tremendas giladas superficiales, lo cual no nos quita el dolor de todas formas claro.

¿Pero que implica la invisibilidad a voluntad?

Es simple, consta en tener un artefacto como pulsera, colgante o brazalete con dos botones, uno que active la invisibilidad y otro que lo desactive tantas veces como se me cante la gana, así de simple.

 Ya ha quedado claro en qué cosas hubiera  usado la invisibilidad durante mi adolescencia. Por suerte mis prioridades han cambiado, aunque aún sea interesante ver mujeres desnudas he desarrollado otro tipo de estrategias más éticas que el esconderme en las tinieblas para verlas. Y aunque con treinta y dos años he conocido muchos hijos de puta que se merecerían que le meen y escupa el agua del termo con el cual toman mate, hoy  usaría la invisibilidad para robar un banco, así sin mucha vuelta.

La billetera que nunca se vacía

Una frase popular que no resiste ni a cuatro preguntas sin caerse es “el trabajo dignifica”. A qué hijo de puta se le habrá ocurrido esta maravillosa frase, ¿será que la gente realmente no se da cuenta que este mito cae en la bolsa de creencias populares infundadas?

En realidad creo que esta frase  fue inventada para mantenernos convencidos de que trabajar está bien. Está bien que trabajes diez horas diarias para que tu jefe cambie el auto todos los años y vos apenas llegues a pagar las cuentas a fin de mes. Ósea, loco te tocó trabajar, esclavízate, pero tranqui que de ultima tu carga, tu obligación, ese régimen de semi esclavitud o seudo libertad en la que vivimos vendiendo la tercera parte de las horas de nuestros días !te hace digno loco! El trabajo dignifica, te lo meten hasta en la sopa, trabaja, no cuestiones esta idea que pasó de generación en generación, mantene el status quo que hace que haya gente que no trabaja porque no lo necesita gracias a que vos trabajas. Pero claro, los ricos que no trabajan igual son dignos, ahora, los pobres que no lo hacen por supuesto que no. Entonces la dignidad no está en el trabajo, sino en la plata. Como si la dignidad no tuviera nada que ver en las actitudes humanas, con lo que creemos justo y defendemos a veces sin evaluar los costos. Queda claro que para este sistema sostenido por una bolsa de mitos en forma de frases populares la dignidad es un tema económico, la dignidad tiene un monto, ósea es negociable y comparable.

A donde voy con todo esto se preguntará usted, solo es mi argumento para decir que con la realización de este deseo mandaría el trabajo a la mierda. Pero ojo, no se equivoque ¿puede uno vivir sin trabajar? No lo sé, pero la diferencia está en el trabajo que hacemos con el único fin de comer día a día y esos otros en los cuales a veces no cobramos o incluso pagamos por hacer. Este tipo de trabajo es quizás el que más he hecho en mi vida y los únicos que haría si tuviera la billetera que nunca se vacía.

A decir verdad no recuerdo con exactitud cuando se me ocurrió este artefacto, supongo que habrá sido en un momento de mi vida que me asfixiaba la falta de dinero, así que pudo haber sido en cualquier momento. Si bien nunca pase hambre, como casi todo uruguayo pase gran parte de mi vida contando los pesos a fin de mes, pero también a inició, a mediados y durante todo el mes para ser sincero.

La billetera que nunca se vacía es un artefacto bastante simple y poco original, se trata de una billetera, como su nombre lo indica, que nunca se queda sin billetes.

Su mecanismo es bastante básico, a simple vista parece tener un solo billete de cien dólares, pero al momento que este se saca automáticamente otro ocupa su lugar.

El secreto está en la seguridad y nuevamente en el anonimato del artefacto. En cuanto a la seguridad se debe tener en cuenta no perderlo y que no te lo roben. Para evitar esto es fundamental contar con una caja fuerte de gran seguridad y  que esté escondida en un lugar que solo nosotros conozcamos. Pero a su vez debe ser  de fácil acceso para nosotros. De esta forma se podrá hacer extracciones periódicas y no depender de ella a diario. También debemos saber que no podemos ir siempre al mismo cambio para pasar esos billetes a pesos por que levantaría grandes sospechas. Así que conviene tener una lista de todos los cambios que hay en tu ciudad, incluso en el país entero.

El anonimato como decíamos recientemente es importantísimo, imagínense que la gente sepa de esta milagrosa billetera, cualquier ser en su sano juicio querría poseerla.

Es importante asegurarse también que los billetes sean reales,  es decir que no sean mágicos o falsos, y que se desprendan de un lugar real. Cualquier economista podría explicar con facilidad los problemas que generaría crear plata nueva. La verdad es que yo nunca los entendí, pero por algo no estudie economía.

Así que se me ocurrió que estos billetes se desprendieran en un orden de uno por uno de las cuentas de Bill Gate, Mark Zuckerberg y la familia Rockefeller. Seguramente que estas personas ni siquiera notaran la faltante de dinero de sus cuentas, porque a decir verdad no necesito sacar millones, con vivir tranquilo y que no me rompan los huevos me es suficiente.  Con comprar un auto, una chacra con caballos y patos y pocas cosas más estaría pronto.

Quizás el mayor problema está en el lavado del dinero, es decir sería bueno tener alguna empresa que justifique los ingresos, pero tampoco me preocupa mucho, ya aparecerá oportunidades en donde invertir, y si me fundo me chupa un huevo, Bill Gate tendrá más billetes para mí.

Tener los poderes de Wolverine

Ta, lo admito, capaz que acá se me fue un poco la moto. Pero no  pueden negar que  estaría grandioso tener los poderes de Wolverine. Imagínense no envejecer y poder vivir más de trescientos años, no enfermarse y curar las heridas de forma inmediata, tener supe fuerza, ser ágil como un leopardo y que tus huesos sean del metal más duro del planeta. Ta, es lo mejor, te convertís en un semidiós automáticamente.

Debo admitir que no he pensado mucho en las utilidades de este deseo. Pero creo que me pondría un traje y saldría por la noche a  hacer justicia, mi visión de la justicia por supuesto, la cual dista mucho de la idea social que tenemos.

En resumidas cuentas aparte de transformarme en nómade y vivir viajando, conociendo lugares y haciendo travesías que a un simple mortal le implicaría años de entrenamiento, creo que en algún momento también robaría un banco, así sin mucha vuelta.  El hecho de que las balas no me hagan daño y que no haya humano que pueda detenerme son sin duda una gran ventaja. Eso sí, planearía bien la fuga para evitar confrontaciones absurdas.

Como pueden observar tengo cierta tendencia criminal, en cada uno de los cuatro deseos haría algún acto ilícito. Lo único que espero es que  ustedes lectores, si les gusto algún pasaje de este texto o de algún otro, estén dispuestos a hacer una vaquita para pagar mi fianza si es que alguna vez la necesito. Porque si bien nadie puede negar que los genios existan, si se puede afirmar que hay más chances de que yo termine preso a que se cumpla alguno de estos deseos.

Navidad en color sepia.

Nunca me gustaron mucho las fiestas de navidad y fin de año, quizás sea por mi escepticismo religioso o por mi nihilismo cultural que me  hace sentir que solo son dos fechas sin mayor importancia. Supongo que para los católicos la navidad debe ser algo muy importante y agradable. La conmemoración del nacimiento del hijo de Dios, el recuerdo del único humano que llega a la vida sin pecado concebido, esa encarnación de la santísima trinidad que vino a liberarnos de todos nuestros pecados, incluso cuando nosotros los humanos lo enjuiciamos, torturamos y asesinamos, les hace dar rienda suelta a su hipocresía moral. Seamos claros, Jesús fue el primer hippie comunista de la humanidad, lástima que el “Flower power” llegara dos mil años más tarde. Porque de verdad me imagino a Cristo poniendo una margarita en la punta de la lanza de los soldados romanos, justo después de partir el pan con las manos  y decir una de las tantas frases marxistas “de cada quien según su capacidad, para cada cual según su necesidad” .Con la mano en el corazón, es más fácil encontrar los pilares cristianos en el movimiento hippie o en el marxismo, que en el Opus dei o en los Neocatecumenales. En fin, la navidad les permite colgar con total impunidad esas balconeras horrorosas que dicen “navidad con Jesús”. A ver nabo, si Cristo estuviera vivo y festejara la navidad, seguro lo haría comiendo pan y peces con los más pobres del condado y no tirando fortunas en grandes banquetes familiares, fuegos artificiales y regalos materialistas. Pero bue, seguro que el regocijo de festejar navidad para los católicos es muy grande, no lo entiendo, pero para ser sincero en general no entiendo en nada a los católicos.

 Al día de hoy me atrevo a decir que la única divinidad homenajeada en las fiestas es Mercurio, el Dios del comercio  en  la mitología romana.

 En diciembre se cobran los aguinaldos los cuales se lograron luego de muchas luchas obreras y se gastan en lechones, sidras, whiskys, fuegos artificiales, regalos y otras banalidades. Que conste que no hablo de la atrocidad del pan dulce, al cual un día le dedicare un texto entero. En fin, gastamos la plata que tenemos y muchos quizás sacan préstamos para festejar esta fecha. Y ojo no tengo nada contra los festejos, me encantan, si quieren nos juntamos todos los lectores y yo en casa a comer y mamarnos mientras cantamos y bailamos canciones desvergonzadas que rosen lo bizarro. Eso si, paguen ustedes porque yo no tengo un peso.  Lo que quiero decir es que festejar está bien, lo que está mal es la fecha, el simbolismo, el hacerle creer a los niños que hay un tipo gordo, barbudo, vestido de rojo, que vive en el polo pero como es re buena onda y no tiene nada que hacer sale a recorrer el mundo con sus renos mágicos para dejarles regalos a todos los niños del mundo. Entrando por la chimenea, si, por la puta chimenea. La mayoría de los uruguayos no tenemos chimenea, me cago en la puta madre. No le mientan a los niños, ya bastante tendrán que lidiar con las mentiras del mundo durante su vida adulta. Háganlos pensar, no hay gordos buena onda que le regala cosas a la gente sin un interés de por medio.

Ojo, yo la pase bien de niño. Debo admitir que ya a  los cinco o seis años no me comía más la pastilla del gordo nabo y sus renos, pero daba la casualidad que mi tía vivía en Canada y mi abuela iba a visitarla todos los años y me traía los propios muñecos de las tortugas ninjas. Eso sumado a alguna cosa más que me compraban mis padres y otros familiares, me hacían pasar un muy buen rato. Como verán era tremendo materialista como casi todos los niños.

El mayor inconveniente de ser niño es que a la larga creces y dejas de serlo, ahí Dios capaz le erro, pero bueno él seguro tendrá sus motivos.

 Así que deje de ser niño, caí en la trampa y crecí, un día me mire al espejo y tenía como veinte años, un horror, no se lo deseo a nadie. Lo bueno de esa  navidad fue que escribí un texto el cual tuve que modifica por completo hoy a mis treinta y dos años, por el simple motivo de que era horrible, creo que no tenía ni una puta coma, pero tratare de mantener la óptica narrativa de la historia de aquel entonces.

Cuando tenes cierta edad la gente deja de regalarte tortugas ninjas y comienza a regalarte otras cosas, eso es terrible, yo quiero que sigan regalándome lo mismo, pero no, los regalos cambian y comienzan a aparecer calzoncillos, desodorantes, medias y una lista limitada de regalos genéricos. Y vos ahí como un gil pones cara de contento y agradeces, aunque en realidad lo que queremos es decirle a esa persona que nos regaló ese par de medias, que cuestan cuarenta pesos, que se la  juegue un poquito más el año entrante. De seguro en alguna parte del globo se debe  valorar  mucho que te regalen un par de medias, pero por desgracia no es por estas latitudes.

Pese a esto, a mis veinte años disfrutaba mucho de la navidad, sobre todo de aquel ritual que desempeñaba desde ya hacia algunos años. Él mismo consistía en empezar bebiendo alguna bebida con dos hielos a la tarde, acompañada con maní por supuesto, todo se acompaña con maní. Luego comenzaba a encargarme de prender el fuego para asar la carne, mientras me tomaba un litro de cerveza al compas del acomodo de las brasas que iban cayendo. Cuando el asado estaba pronto disfrutaba de la cerveza previa a la comida, al plato fuerte se diría. Porque todos sabemos que una de las cosas buenas de la navidad, aunque sea contradictorio con mi propio texto, es que se empieza a comer a las siete de la tarde y se termina a las dos de la mañana, con el helado y otra serie de postres como ensalada de frutas, flanes, etc. El orden de esta maratón alimenticia comienza con las papitas, seguidas con quesito, aceitunas, maní, torta de fiambre e innumerable cantidad de productos los cuales despiertan el sentimiento más banal del hombre, la gula. Y es ahí cuando me pregunto, ¿Cómo en una fiesta católica uno de los siete pecados capitales puede ser el invitado de honor?. No hay vuelta, lo mires por donde lo mires, el catolicismo no tiene ningún sustento lógico.

El ritual continuaba  durante la cena, en la cual es difícil distinguir entre el cerdo que está en la bandeja y los comensales. Este momento del año es lo más parecido que hay al hedonismo puro.

Mientras la comida atravesaba la  garganta rumbo al esófago y posteriormente  al estomago, era empujada por más cerveza, pero esta vez intercalada con algún refresco gaseoso, porque no es cuestión de abusar del alcohol, al menos no tan temprano.

Al terminar la cena venia el brindis, protagonizado por alguna bebida espumante, en lo posible tratando de evitar las sidras en  botellas de plástico, las cuales se consumen de forma abismal en estas fechas. No es que no me guste la sidra barata, es que resulta más sano empinarte un litro de nafta puro.

Para ser sincero el brindis siempre me pareció una estupidez, chocar copas como presagio de un próximo año venturoso, saludarse con todo el mundo, disfrutando de un “espíritu navideño” que contagia buena onda y todos los rencores desaparecen. Es una escena de una obra teatral, en la que todos actuamos fingiendo que la realidad es otra y no lo que nos ha tocado por vida. Pero todos brindamos y nos miramos a los ojos, como tratando de cumplir con la cuota anual de miradas firmes y mantenidas que no hicimos durante el año. Creamos la felicidad del momento, pero siempre desasociándonos de la realidad.

Luego de esto llega el helado, que es lo que marca de alguna manera el cierre de la reunión familiar. El final del  ritual que mantenía ya hace algunos años continuaba con  la noche, o el día en realidad, sorprendiéndome en algún rincón de la ciudad con poca sangre en el alcohol. Esto amigos es lo que rescata a esta fiesta patética y absurda. Esta abstracción total del mundo cotidiano, de la vida, el hedonismo de vivir el momento con nuestros sentidos completamente alterados por distintas sustancias como si no hubiese mañana, esto amigos es la felicidad.

Pero durante los días de aquellas fiestas de mis veinte años, más precisamente el veintitrés de diciembre, me dirigí durante la madrugada a la cocina a observar que habían comprado mis padres. Esquivando las sillas en la oscuridad llegue a prender la luz, como un equilibrista sigiloso me subí a una de ellas para abrir la alacena que siempre chillaba al tocar su puerta. Procure hacerlo muy despacio para que nadie se despierte en la noche, pero el ruido parecía la agonía de un animal moribundo. Y ahí pude observar con todo el dolor del alma, que en esas fiestas solo habría un paquete de papas, uno de maní chico y tres turrones. Baje de la silla, gire y me puse frente a la heladera, la mire con cara de asustado como diciéndole: vos no me podes fallar compañera. La abrí, con mi mirada esquive las manchas de huevo y las cascaras de cebolla, recorrí toda la heladera con los ojos y sentí un puñal que atravesó mi pecho, justo en ese lugar donde se aloja la esperanza. Ese año solo habría dos cervezas y para peor había que compartirlas.

Recuerdo de una de mis muertes

Hace once años estuve muerto, y no fue que estuve muerto por un rato, estuve muerto de verdad, de esas muertes que se viven, que se sienten. Creo, o al menos así pasa conmigo, que la muerte nos aterra no por el dolor físico, tampoco por las condiciones en que lleguemos al final de nuestra vida, sino por esa sensación absurda de finitud, de falta de sentido. Esa sensación de que hagas lo que hagas no hay forma de escapar y te vas a morir, no hay forma de escapar y  vas a terminar, porque sí, sin ningún tipo de sentido aparente. Porque es lo único que podemos asegurar que sucederá.

Es absurdo que en la vida, tan incierta, en la cual no tenemos ni certeza ni control de absolutamente nada y que estamos completamente a la deriva de una coyuntura sociocultural que nos arrastra, la única certeza que tenemos es que vamos a morir, y que la muerte representa el fin total del juego, sin lugar a ningún tipo de protesta ni apelación.

Pero mi muerte fue distinta, al menos aquella vez, aquella primer muerte mía.

Yo tenía unos veinte años y estaba recursando, por segunda vez, sexto de liceo. Mi adolescencia había sido muy movida, en el liceo era fácil reconocerme porque yo era de los que siempre estaban en el patio. Como si hubiera que marcar asistencia, como si existiera una autoridad que día a día pasaba por el patio con una lista para fijarse si estaba presente en la clase que tenía por nombre “Socializar”. Y yo no quería irme a examen, no de esa materia. Claro que como todos sabemos, cuando le dedicamos mucho tiempo de estudio a una materia estamos sacandole tiempo a otras, y yo a la materia que tenía el patio como salón siempre la aprobaba con doce. El problema eran todas las otras , no tenía ningún tipo de motivación aparente para estudiar, para peor,  puedo decir que tuve muy malos docentes, excepto alguno puntual, y esto no ayudaba mucho. El perder cuatro o cinco veces el examen de matemática de quinto, el entrar a clase de ingles, el cumplir un horario para escuchar hablar a personas que notoriamente no querían estar ahí, no querían dar clase, pero  lo precisaban para comer, se transformaba en  dos caras de una misma  trágica y desmotivadora moneda, yo y ellos no nos queríamos, y nos lo hacíamos saber. Todo esto solo alimentaba mi estado de confusión y mi nula capacidad prospectiva  con el futuro. Estaba en crisis, no tenía ni la menor idea de lo que quería hacer en mi vida, y en parte considero que esta bien, es fundamental perderse para encontrase. Yo, mi pereza y mi cabeza estábamos perdidos, pero hasta entonces disfrutaba de deambular en los caminos de la incertidumbre, realmente lo disfrutaba. 

Hasta cierta edad la idea de estar en el liceo está  buena, pero de repente de la noche a la mañana las distintas personas que hacían turnos en el patio y que le daban sentido a mi presencia ahí, ya no estaban, habían entrado a facultad, y yo me aburría. Que es casi lo peor que me puede pasar, me aburría.

 Una noche cualquiera me acosté a dormir, y como hacemos siempre aunque no lo recordemos soñé.

Fue uno de esos sueños muy vividos, muy reales, y de repente me vi en una habitación con paredes de adoquines azules, piso de piedra azul y con las dos paredes de los costados tapadas con unas cortinas de tela también de color azul, que iban del techo al suelo. Lo primero que hice, sintiendo la seguridad de que era lo que tenía que hacer fue revisar todo el lugar, como quien explora un territorio nuevo, como quien analiza cuidadosamente las reglas de un nuevo juego. Y vi que en el medio de la habitación había una pequeña mesa también de piedra, pero esta vez de piedra gris haciendo contraste con toda la habitación, estaba digamos subrayada en el contexto. Era claro, tenía que dirigirme hacia ella, y así lo hice. Me enfrente a la mesa y vi que sobre ella había un juego de lógica, la verdad no recuerdo como era el juego, pero era del tipo mover piezas para generar tal patrón y que se solucione el rompecabezas. La cuestión es que luego de observarlo durante unos largos segundos comencé a mover piezas y lo resolví, y justo ahí inició todo, y justo ahí morí.

 Automáticamente me traslade a otro lugar, como si hubiera pasado de pantalla en un videojuego, en un primer momento no puede distinguir nada, solo que era un lugar abierto, pero mis sentidos y mi percepción estaban ocupados en otra cosa, estaba completamente encendido fuego. Las llamas me rodeaban, me abrazaban con tal fuerza que juro que sentí dolor, el dolor traspaso los umbrales del sueño, me dolía la piel, la carne, todo. Pero por suerte el dolor duró unos escasos segundos y una sensación de paz me abarcó por completo, el fuego aún me estaba devorando, pero yo estaba en paz y deje que él hiciera lo suyo.

Por algún extraño motivo que nunca logré entender yo recibía información a lo largo de todo el sueño, era una información sensorial, sentía que todo estaba bien, que las cosas iban bien, y que todo debía suceder como estaba sucediendo, que era necesario. Así que nada, el fuego me comió.

En cuanto el fuego terminó su trabajo pase de “pantalla”. Esta vez estaba en un campo, en una inmensa pradera con montañas sobre el horizonte. Lo extraño es toda la gente que estaba mirándome, vestida con ropa medieval, pelos y barbas largas y armaduras de cuero, estaban como escapados de una película, parecían campesinos que habían dejado la siembra para luchar contra las fuerzas armadas del noble local. Era evidente que estaba en una época pasada y que esa gente por algún extraño motivo me estaba esperando.

Hay algunas cosas que son muy difíciles de explicar pero lo intentare, a toda esa gente que eran casi treinta personas, yo no los conocía, pero los conocía muy bien, nunca los había visto en mi vida, nunca había ni siquiera hablado con o de ellos, pero los conocía, como quien conoce a esos amigos que te acompañan desde la adolescencia. Teníamos una historia en común, una que yo no recordaba pero que existía y que hacía que entre esa gente y yo haya un lazo emocional muy fuerte, se sentía que eramos sobrevivientes de las mismas horrorosas tragedias y de los mismos sublimes momentos de felicidad. Digamos que esa sensación es simplemente inefable.

Me detuve a mirar el paisaje, parecía un día cálido otoñal, con ese olor a aire fresco que te acaricia y te limpia. Se sentía la serenidad de un joven día despejado luego del azote de una gran tormenta. Casi de inmediato, con un paso calmo y un gesto entre alegre y  de resignación se me acerco quien parecía jugar el rol de líder, y luego de decirme “te estábamos esperando” me dio a entender que todos ellos estaba ahí porque yo lo necesitaba y que esta vez eran ellos quienes debían devolverme lo que yo les había dado en algún momento, como un pacto espiritual que en esa muerte, en ese trance se debía cumplir. Ellos estaban ahí para ayudarme a descubrir alguna verdad, una revelación que por algún motivo no había aprendido en la vida y que era esencial que entendiera antes de seguir viaje. ¿viaje a donde? Ni la más puta idea.

Todos sabemos que en los sueños el tiempo es muy relativo, más incluso que en la vida lúcida y esto es mucho decir. Así que pasó un tiempo donde yo camine y charle con ellos, no recuerdo sobre qué, pero fueron largas charlas amenas. Al final del día me quedé sentado, solo, en una colina y fue ahí que me llegó la idea, la luz o como se llame, descubrí lo que tenía que descubrir y desperté.

Recuerdo que ya despierto estaba exaltado, obnubilado por lo que había sido un gran descubrimiento, me quede sentado a los pies de la cama, en la oscuridad y el silencio de la madrugada, pensando, solo pensando. Y luego de un largo rato me dormí.

Como bien sabe el psicoanálisis los sueños operan de forma muy extraña en nuestra cabeza, uno de los procedimientos más molestos a mi entender es el del olvido sistemático y paulatino del sueño, este mecanismo se jacta de ser excesivamente cruel, lentamente nos roba porciones de la memoria, que a mi entender es como robarnos parte de nuestro Ser ¿que somos sino nuestra memoria?

El asunto es que al otro día al despertar, como es esperable, no recordaba la gran revelación.

Pasaron los días y procese el sueño, lo interprete y aun lo hago once año después encontrando cada tanto nuevos significados y nuevas revelaciones.

Pero en aquel momento entendí que la habitación azul a examinar representaba la curiosidad innata que nos mueve, el color representaba la claridad que se presenta ante quien busca y el juego la problemática a resolver, la duda, el desafió, lo lúdico como camino al conocimiento, y el enigma como esfuerzo intelectual que los desafíos implican. El estar predispuesto a saber que hay después de esto, estar predispuesto al cambio que sabemos marcará un antes y un después para nosotros. La muerte, como fin de lo anterior e inicio de lo que viene, el fuego, el dolor como caos, como miedo a la situación entrante. El estar acompañado y rodeado por gente  que lo mueve las mismas pasiones que a uno, el alejarse como mecanismo de introspección donde procesamos el conocimiento y el descubrimiento de uno y la revelación que llega y luego se va dando lugar a nuevas dudas.  Pero sobre todo, la muerte. ¿Que es la vida sino una muerte constante? Un renacer tras otro. Ya no somos el que fuimos, ese murió, y mañana morirá el de hoy .

Ese día decidí terminar el liceo y hacer facultad.

fuimos, ese murió, y mañana morirá el de hoy .

Ese día decidí terminar el liceo y hacer facultad.

Oda a la rebeldía

 

La moral atenta contra el humano, atenta contra el pensar. En nombre de lo moralmente correcto justificamos la anestesia social, esa que no nos permite sentir que algo pica, y claro que pica, pica la vida. Es imposible atravesar la vida y no sentir que duele, que molesta. La moral es la que dice …no mires nene, cállate y banca nena, no protestes, no muerdas la mano del que te da de comer…

Por suerte viene la ética individual de cada uno, la ética que trabaja en colectivos desde lo clandestino, siempre acusada, siempre ninguneada y segregada. Por suerte aparece la ética que te dice … patea fuerte, insulta, pega, rompe todo, rompe las iglesias, física y metafóricamente, rompe los esquemas, las reglas, las normas, rompe, quebrá con la norma, con la moral, manda a todos a cagar y avanza, avanza, por que así es como la humanidad avanza, pateando la cultura, rompiendo tableros, tirando fichas.

Y tranquilo, es así, no les pica, les da miedo romper esquema social, están adormecidos, creen que defienden sus intereses y defienden a quienes los tienen encadenados comiendo pasto.

Defienden a la iglesia, las instituciones, los políticos, a los empresarios, a las fronteras, etc. Defienden al explotador y acusan al explotado.

Porque ni a la iglesia, ni a las instituciones, ni a los políticos, ni a los empresarios, ni a las fronteras le importas vos. Les importa tu control, nuestro control.

Porque si pintas iglesias la moral de viejos garcas, de cavernícolas que no piensan te van a dar con un palo, pero cuando la iglesia ampara a violadores, cuando amasa fortunas increíbles a costa del hambre de mucha gente, cuando atenta contra tu salud, Ahí, no pasa nada.

Cuando haces una marcha y ocupas un liceo pidiendo derechos para tener condiciones dignas para estudiar, para pensar y crecer ,y las condiciones no llegan porque no hay plata ,pero hay subsidios para educación privada, pero los templos no pagan impuesto. Ahí si te quejas sos un pendejo inadaptado.

Pero cuando la policía saca por la fuerza a estudiantes revoleando palos, rompiendo dientes y espaldas, ahí esta bien, porque ellos lo provocaron.
Cuando te quejas por que la vida no te da por que otros se la están robando, cuando defendes tus derechos como ser vivo a circular libremente por la tierra y viene un hijo de remil putas y no te deja subir a la montaña, a las sierras o llegar al lago por que él lo compro .

Cuando te quejas porque los patrones te roban la alegría, la dignidad y la vida, sos un rebelde, un negro, un muerto de hambre y claro que la moral dice que hay que meterte preso o matarte.

Hay que entender que los que protestan no son los que provocan, son los provocados, hay que entender que nos hierve la sangre porque nos están matando, por ateos, por rebeldes, porque nos esclavizan la vida entera, porque nos ven como sirvientes, porque sus vidas esta por encima de la nuestra, porque quieren poder, porque nos mantienen pobres y no comemos buena comida y no nos da para comprar los medicamentos que precisamos, etc.

Siempre se defiende al explotador y se ataca al explotado y si lo decís sos un inadaptado.

Hay que ser inadaptado, hay que romper todo para avanzar, mandalos a cagar a todos, rompe, tira piedras, grafitea paredes, ensuciate las manos porque nos están robando la vida.

72 Km en mi cabeza

72 km no son nada debe decir el lector. Pues claro que no lo son, pero las distancias son relativas según quien las recorra.

Para un ciclista 72km puede no ser más que un entrenamiento diario tal vez, pero para alguien que lo máximo recorrido en bicicleta fue 35 km en un día, es bastante; sin entrenamiento previo  aun más.

Y no hablamos de alguien que hizo deporte toda su vida, sino de alguien que hizo ejercicio de forma intermitente durante sus 31 años.

Siempre dije que la ruta te muestra muchas cosas, los caminos sean cual sean, las adversidades, son las que muestran realmente quien sos. Pues es así que uno puede decir “ya esta, me bajo acá” o decir ” no temas a ir lento teme a no avanzar”  y yo tome esa frase que fue la que me hizo llegar.

El descansar desparramado bajo un árbol con una sonrisa de la cual no tenes muy claro a qué se debe, es lo que  alimenta el alma, que a veces tiene hambre, y mi alma ese día tenía hambre. Los suplementos vitamínicos del alma venían siendo de mala calidad y había encontrado recientemente una ingesta energética que parecía ser de pedigrí, unos ojos, una sonrisa. Pero se habían perdido en la niebla del día siguiente, Justo ese día que precisaba al alma entera porque sabía que era lo único que me iba a llevar a destino. Pero por suerte el alma es caprichosa y no entiende de límites, no entiende de nada, solo de querencias.

Partí no muy temprano, no muy convencido pero partí.

Los primeros 30km parecieron una aventura sin partes complicadas pero al rato la bici se hizo pesada, las piernas livianas sin fuerza y la mochila se hundió en los hombros y pare  dos, tres veces, morí la cuarta y la quinta vez pero solo por un rato. Faltando 15 km  mi andar titubeaba,  cada km era una eternidad. En cada descanso se cruzaba la fuerte idea que decía “ya esta, no sigo”

En un momento mientras un pie le pedía permiso al otro para caminar con la bici al costado ya que el repecho me había intimidado para pedalearlo, paso otro ciclista a mi lado que me grito “vamos que se puede”  y siguió a una velocidad admirable mientras yo le conteste ” deja, vengo desde Montevideo”  vi su intención de replicar a ese comentario pero la velocidad no le dio para responder y solo sacudió la cabeza de lado a lado como desaprobando mi actitud.

Los km faltantes llegaron y yo llegue a destino. Al día siguiente me puse a pensar en la travesía lograda, en los descansos, en el espíritu que no dejo que mi cabeza abandonara y en ese ciclista que me grito” vamos que se puede”  y en mi reacción, ahí entendí que al hecho no importaba que yo hubiera salido de Montevideo, que eso era problema mío y que era algo que solo yo cargaba . Y entendi que en la ruta como en la vida no importa de dónde venimos, esa es nuestra excusa. En la ruta y en la vida siempre se puede pedalear un poco más, por que las distancias son subjetivas  porque solo importa en donde estas y a dónde vas. Pero sobre todo lo que importa es si tu espíritu te quiere llevar.

 

La nostalgia, el olvido y el pasado.

¿Que es y a que obedece ese sentimiento que uno experimenta cuando recuerdas buenas épocas pasadas?

Creo que esos tiempos que uno añora están un poco sobrevalorados, sobredimensionados por uno mismo, es como que uno tiene la necesidad de mirar hacia atrás y decir “mierda, que buenos que eran” y realmente  eran buenos, pero no tanto como lo creemos.

Nuestra mente genera distintas ilusiones, magnifica nuestros logros y glorifica nuestras hazañas del pasado, para que estas sean dignas de contarse algún día como quien cuenta una fabula, historia o cuento en el cual uno es el protagonista. Me atrevo a decir que nada fue como lo recordamos, pero de todas formas fue muy parecido.

Luego de pasado un tiempo uno ya no recuerda las anécdotas como hecho sucedido, sino que lo hace como una historia que ya la ha compartido infinidad de veces con su verdaderos amigos y con aquellos que nos acompañaron en el maravilloso momento de escribir con la pluma del viento en la hoja de los recuerdos.

Ahora bien, pues si uno siempre recuerda lo que paso como un hecho mayor al real ¿por que lo añoramos tanto?

Será que el humano, o por lo menos muchos de ellos, tienen la capacidad de pensar como el gran poeta Manrique, quien decía

…Avive el seso y despierte… Como a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor…

Creo que en parte si. Y es así por que creo que tenemos memoria selectiva, y si bien es cierto que recordamos las cosas malas del pasado, estas no pesan tanto como los recuerdos hermosos del ayer.  Y me refiero a los recuerdos del tipo:   El beso de fulana, las tardes de mate en la placita de detrás del liceo, las horas y horas en chiva por todo Montevideo, los abrazos de aquel amigo, de aquel hermano que siempre nos acompaño, las noches de divagues con verdaderos amigos, esas noches en las que salíamos con solo 10 pesos en el bolsillo y nos bastaba con los diálogos para pasar una excelente noche.

Me refiero a recuerdos de ese tipo, a esos recuerdos que no son para nada brillantes, pero son los que a uno le quedan marcados en pecho a fuego. A eso me refiero con memoria selectiva, nuestro inconsciente selección que tipo de recuerdos quiere que salgan  a flote, y siempre son los más lindos.

En cambio, en el presente uno esta agobiado por los problemas reales, y no es que estos sean grandes problemas, muchas veces solo son pequeñeces, pero son pequeñeces que hay que enfrentarlas ahora, en este momento y en esta realidad del hoy, esa ficha que hay que mover en este tablero antes de que el reloj marque el tiempo y divulgue nuestra derrota es la que nos atormenta. Y claro, nuestra cabeza sin pedirnos  nuestro consentimiento hace una mala comparación entre los recuerdos seleccionados del pasado y los problemas reales del presente, y en esa batalla comparativa, el presente siempre pierde.

 

Lo invisible a los ojos de todos

Cuando era chico formaba parte de una familia común, de esas que recién arrancan a ser familia. Con una madre que desempeñaba sus tareas profesionales en el área de la salud trabajando en doble horario para poder hacer frente a las vicisitudes económicas de la vida. Un padre que se desempeñaba como funcionario de una empresa estatal, trabajo que luego dejaría para poder iniciar nuevos proyectos que lo realizaran como persona, camino que por largos años fue sinuoso y lo llevó a empeñar su fuerza de trabajo en las más diversas tareas , siempre con una inventiva destacable.

Ya de chico mis padres depositaban en mí un sentido crítico del mundo, creo sin miedo a equivocarme que muchas veces en mi infancia y más aún en mi adolescencia sufrieron esa característica que fue formando mi carácter. “Cristian ¡dudá, pensá y entendé!”Supongo que dirían eso aunque no recuerde esas palabras.

Mi madre siempre cuenta que  una tarde en la que yo solicitaba algo que  quería, vaya uno a saber que, puede haber sido mirar la tele en horarios no pertinentes o jugar con las sillas de la casa, las cuales más de una vez había roto haciendo trencitos imaginarios dándolas contra el piso y trepándome en ellas. En fin, vaya uno a saber que fue que me dijo que no podía hacer. Yo nunca podía quedarme con el “no” no al menos de primera, la  prohibición me quemaba. Pero más me dolía el no saber, el no entender por qué, el no comprender  era algo que mi mente simplemente no podía darse el lujo de soportar, siempre hay un motivo aunque uno no lo comprenda.

Ser padre no debe ser tarea fácil, con lo inoportuno y difícil que se vuelve tomar las decisiones para el devenir de uno mismo se suma la pesada responsabilidad de hacerlo por otro ser humano. Con lo difícil que es entender el por qué de las decisiones que tomamos para nuestra vida, las importantes y las triviales. No lavar los platos a esta hora, apagar la tele y dormir, elegir el buzo azul de lana o el verde de algodón.

Una de las primeras veces que mi madre debe haber sufrido por lo que ella misma creó fue esa tarde, cuando luego de su prohibición le pregunte ¿Por qué no?

Ella tal vez no lo sabía, o solo entendía que no se podía pero no tenia en claro por qué, contesto “porque no” a lo que recibió como respuesta un inmediato y brutal “porque no, no es motivo”.

¿Qué contestar a eso? ¿Cómo rebatirlo inteligentemente? Quiero creer que mi madre sintió orgullo ese día en el cual yo tenía tal vez unos 4 años.

En esa misma época,  mis padres se enfrentaron a la difícil decisión de elegir un jardín de infantes para que yo quedara guardado como quedan los niños mientras sus padres trabajan, haciendo honor al nombre “guardería”.  Una de las que probaron para saber si me gustaba fue Los siete enanitos, un clásico, con ese nombre no podía fallar. Me quedé una mañana, seguramente no fueron más de 2 horas para ver si me adaptaba, pero para mí fue casi un día entero.  Recuerdo que hacíamos cosas, que cosas no sé, pero cosas, de esas que se hacen con lápices de colores, papel crepé y otras cosas igual de aburridas. En un momento llegó el recreo y salimos todos a un patio que seguramente no era de gran tamaño.

De una caja salieron juguetes, muñecos y otras cosas que no lograron quitarme el aburrimiento y las ganas de irme por más que seguramente me cuidaron y trataron de forma muy responsable. Solo recuerdo dos cosas de ese jardín,  primero, un Batman grande casi de la mitad de mi tamaño, lo cual seguramente no era mucho.  Ése Batman lo tuve toda la mañana y me quedó grabado vaya uno a saber por qué sinopsis neuronal o emocional.  Y lo segundo que recuerdo fue que mi madre respetó mi decisión de no volver a ir a ese lugar aburrido,así que buscamos otro.

Durante años cada vez que pasábamos por la puerta de ése jardín mi madre en tono de broma me decía “corre, corre que no nos vean” una broma simple, común, pero yo creí durante años que de verdad no debían verme y así pase caminando rápido como un idiota hasta casi mis 11 años por miedo a que me vieran y  digan algo del tono  “Ey!¿por que no volviste más y no nos dijiste nada?” o algún otro reproche.

Los 7 enanitos quedaron atrás y vino otro jardín. Por esa época mi madre me había contado que había unos bichitos, unos seres vivos tan chiquitos que el ojo humano no puede verlos, y que muchas veces eran responsables de que la gente se enferme, se llamaban microbios.

No tarde mucho en hacer amigos en el nuevo jardín, pero un día tuve la mala idea de comentarles a los otros niños de 4 y 5 años que había unos bichitos que eran tan chicos que no se podían ver. A esa edad hay un cupo de cosas en las que se puede creer sin ver, y son: Papá Noel, Dios, el RatónPérez, los Reyes Magos y pocas cosas más. Pero nunca unos seres vivos tan chicos que no se ven y que se llaman microbios. Inmediatamente me comenzaron a hacer bullying, me trataron de mentiroso, de tonto, de fantasioso y otras cosas más.

Pocos días después en el patio del jardín junto a un compañerito  vi en una pared un insecto muy chiquito, de verdad muy chiquito, pero que sí se podía ver. Ahí le dije  a mi compañero  “mirá ese bicho”, él quedó asombrado y me dijo que era cierto, que había seres vivos que eran sumamente chiquitos y que yo había dicho la verdad, inmediatamente corrió a decirle  a los demás niños y yo quedé como un verdadero campeón.

Siempre supe que ese insecto no era a lo que yo me refería cuando hablaba de los microbios, pero no lo aclaré, la aprobación de todos era algo muy dulce como para embarrarla diciendo que en realidad lo que yo decía era otra cosa, era algo aun más pequeño, tan pequeño que nadie podía verlo a simple vista.

Ése día, a mis 4 años sentí por primera vez en mi vida la necesidad de aprobación, incluso sosteniendo algo que sabía que era mentira. Ese día entendí  que el conocimiento muchas veces te aleja de la gente y que la ignorancia en las personas actúa de forma muy extraña.

Ése día entendí que a veces hay que hacerse el tonto para que la gente no te tilde de distinto y seguir siendo parte.

Ese día entendí lo difícil que es hacerles ver a los demás aquello que con su propia luz no pueden ver.